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Ángeles Castaño Madroñal -
Antropóloga. Miembro de Sevilla Acoge
Interculturalidad, ¿qué es?
Definir la interculturalidad no es complicado. Se produce, y
podemos encontrárnosla, cuando en un contexto multicultural los
distintos colectivos sociales desarrollan pautas y procesos
comunicativos en un entorno de igualdad reconocida y compartida
entre ellos. Se trata de una igualdad reconocida y compartida
porque descansa en el consenso elemental de que la diversidad
cultural en la sociedad en la que cohabitan es buena, es
deseable, debe ser preservada y donde han de tener todos los
grupos étnicos un mismo estatus reconocido que permita la
aportación participativa entre las partes y para el bien del
conjunto, así como una situación que les iguale respecto al
acceso a los recursos. |
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¿Es
posible? Es probable. A un nivel macrosocial no existen entornos
de esta naturaleza. No existen realidades (supra)estatales, ni
marcos nacionales caracterizados por la pluralidad étnica que
hasta la actualidad hayan sido capaces de desarrollar
satisfactoriamente marcos políticos, jurídicos y económicos para
impulsar y promover un ideal social de esta naturaleza. En
entornos microsociales caracterizados por la multiculturalidad,
se pueden llegar a gestar praxis consensuadas afines a la
interculturalidad, donde los actores parten de la idea elemental
de estar desarrollando una acción voluntaria que necesariamente,
sean conscientes o no, sólo es posible desarrollar en un espacio
limitado, como puede ser una escuela, una empresa, una
asociación, o cualquier organización social que pueda considerar
deseable, dada su naturaleza multicultural, desarrollar la
interculturalidad con fines de progreso social y desarrollo
humano.
Existe cierto discurso que
pretende que la interculturalidad es la superación de la
multiculturalidad. El interculturalismo, como ideología que se
presupone superadora del multiculturalismo, tiende a caer en el
error de pretender que esta praxis espacialmente limitada es de
por sí transformadora del marco social global en el que se
desarrolla. No se puede negar el beneficio psicológico que para
los sujetos pertenecientes a colectivos minorizados supone el
poder desempeñar su trabajo, o actividades culturales de
cualquier tipo, en entornos que faciliten la expresión
desinhibida de la diferencia. Ahora bien, para que la
interculturalidad llegue a ser un modelo transformador se
requiere de actuaciones encaminadas a la modificación de las
estructuras que reproducen la minorización étnica. Es necesario
sacar a la luz el reconocimiento de la diversidad, hacerla
escapar de los espacios cerrados. El interculturalismo como
discurso ideológico que se enmarca en las dinámicas del
antirracismo en Europa, choca de plano con la dificultad que
supone promover el ideal intercultural incluso en los espacios
limitados, habida cuenta de que se materializa en entornos
(re-)creados ex profeso y sujetos a un marco macro-estructural
limitante tendente a la homeostasis social preservadora. Hay que
tener en cuenta que en buena medida, se desarrolla en espacios
creados y/o dominados por agentes de la cultura hegemónica que
aún promoviendo la transformación en el espacio que controlan,
difícilmente pueden escapar a la reproducción inconsciente del
modelo hegemónico. Los estereotipos y discursos dominantes
acerca del ideal social, del ideal democrático occidental, del
individualismo de la promesa liberal, la impronta androcéntrica
del sistema socializador y educativo institucional e informal
que dificulta el reconocimiento de la propia diversidad endógena
(de género, étnica, de clase, de sexualidad…), la tradición
civilizatoria transmitida a través de interpretaciones monódicas
de la historia común, etc. se encuentran firmemente arraigadas
en las personas socializadas en nuestra sociedad.
La propuesta del modelo
intercultural surge en una Europa que percibe la diversidad
cultural en sus contextos estado-nacionales como producto de las
migraciones internacionales en la globalización. Este a priori
refleja la negación de la diversidad sociocultural intrínseca a
sus diversas tradiciones estado-nacionales. Desde mediados del
pasado siglo, en diversos estados de la antigua CE, la
multiculturalidad se expresó reclamando la consideración de la
diversidad como un elemento deseable y buscó el desarrollo de
medidas políticas de intervención que permitieran la
preservación y reproducción de las culturas minoritarias en
cuanto los sujetos debían tener derecho a ella en determinados
espacios. El multiculturalismo, como discurso ideológico,
promovió intervenciones de discriminación positiva como remedio
a la minorización, quedando estancado en las reformas
macro-estructurales para la aprehensión individual y colectiva
del valor de la diferencia. En el siglo XXI los posicionamientos
ideológicos dominantes declaran la invalidez y el fracaso del
multiculturalismo cuando el proceso de integración empieza a
requerir, en los estados europeos que asumieron la mayor parte
de las migraciones del pasado siglo, transformaciones que
afectan a los pilares originales del estado-nación, al ideal de
ciudadanía y a los mecanismos socializadores institucionales,
como elementos claves del proceso.
En este contexto crítico, la
propuesta del modelo intercultural llega a los estados europeos
periféricos que experimentan la inmigración desde las últimas
décadas del siglo XX, sin haber superado o experimentado
siquiera el proceso político multiculturalista desarrollado en
aquellos estados. Inevitablemente las praxis están quedando
circunscritas a espacios limitados, pues no se están produciendo
políticas estructurales para la interculturalidad de la
sociedad. La arteriosclerosis del antirracismo europeo radica en
la dificultad de los movimientos sociales, promotores de estas
propuestas, para impulsar procesos transformadores para el
desarrollo humano capaces de calar las estructuras políticas e
institucionales y evitar a un tiempo la reproducción de las
praxis, posiciones y actitudes hegemónicas que van desde el
paternalismo hacia las minorías, al tutelaje, pasando por la
suplantación del discurso liberador de las minorías.
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