Las aves migratorias que huyen de los
fríos inhóspitos
y buscan cada año lugares más cálidos
para anidar,
son imagen y símbolo de la misma
condición humana
cuando, con ansias e infatigables,
buscamos también
los imaginados lugares donde lograr
paz y felicidad,
allí donde cimentar seguros el nido
de nuestro hogar.
Como peregrinos, errantes y
emigrantes,
se tejen y se deshacen nuestra vidas
a la vez,
queriendo atrapar el tiempo y las
cosas
en un vano intento por permanecer,
aferrados a cuanto queremos, hacemos
o tenemos.
Nuestro caminar llega hasta una
frontera
imposible de pasar con tanto equipaje
a cuestas;
al abandonarlo para dar el salto nos
sentimos morir,
la pena y el dolor nos embargan, nos
resistimos a partir
cegados por un espejismo que confunde
viaje y viajero, pasaporte y
pasajero.
Se mueren los cuerpos, pero no se
muere la vida,
la vida viene al cuerpo y se va del
cuerpo, pero sigue la vida,
la vida vive sin el cuerpo como la
música vive sin el instrumento,
la vida es un río inagotable que
ningún dique puede embalsar,
si con el amor encendemos el leño de
la vida, jamás se hará cenizas.
Querida amiga:
Has comprobado ya que también tú
vives sin ese tu cuerpo
con el que tanto has gozado, luchado
y finalmente sufrido.
De tanto interpretar la sinfonía
inacabada del compromiso
con quienes emigran buscando aquí
derechos y dignidad
se gastó tu instrumento, pero no tu
música;
tus partituras escritas con ritmo de
acogida y generosa humanidad
vibran para siempre en cuantos
recibieron y recibimos
tu ayuda y ejemplo, tu fuerza y tu
coraje.
Es verdad que “Vivimos
despidiéndonos siempre” (Rilke)
y aunque ahora vivas escondida y sin
voz,
el silencio no eclipsará tu palabra
encendida,
tu semilla sembrada seguirá
floreciendo
en la rosa abierta de una sociedad
nueva
cuando emigrar sea un placer y no un
dolor.
Recuperaremos el don perdido del
silencio,
volveremos a hablar calladamente,
amiga,
de todo lo que aún soñamos en un
cielo sin huellas,
de todas las utopías que en la brega
diaria
nos iluminan y guían como en la noche
las estrellas.
Hoy, cuando tu tiempo comienza,
hoy, más allá de las cenizas, cuando
el Amor Pleno te invade,
ahí estás, en el mejor de los sitios:
en el abrazo y el regazo del Dios de
todos y en todo,
en el amor del Dios de los mil
nombres invocado en mil idiomas;
no quedas en el polvo, en la nada y
el olvido
sino en las palmas abiertas del
Clemente y Misericordioso,
del Dios Padre maternal, Único y
Vivo.
“Y aunque ese Dios lleve tantos
nombres
como lenguas y pueblos hay en la
tierra,
su boca no es más que la boca de
quienes se unen en el beso;
y su mano no es más que la mano de
quienes se juntan en la vida;
y su verdad la única sinceridad que
la bendición del amor otorga
a quienes aman a los demás”
(Drewerman).
Esteban Tabares
Fundación Sevilla Acoge 1-9-09